Una campanya electoral permanent, acords de coalició insòlits, partits que no són ni d’esquerres ni de dretes sinó “del poble”, veus que s’alcen per fer callar la premsa, polarització i discursos d’odi, polítics acusats de traïció i un Govern demagògic i irresponsable. Aquests són alguns dels símptomes que segons l’escriptor italià autor de Síndrome 1933, Siegmund Ginzberg, van aplanar el terreny a Hitler –“un xerraire autoritari que pocs es prenien seriosament”–, guanyés les eleccions alemanyes el 1933. Símptomes que segons Ginzberg tornen a aflorar en una mena de déjà vu que ens acosta perillosament a un passat que voldríem superat. D’aquesta imprescindible obra, a modus de tast, en reprodueixo la nota que l’autor en fa en l’edició espanyola (publicada per Gatopardo el desembre de l’any passat), en la qual, al final, dedica una breu referència al papa Francesc de qui, casualment, estic llegint aquests dies El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas, que tampoc em puc estar de recomanar.
“Estaba desesperado. El malnacido que me robó el perro no sabe cuánto daño me hizo.” Quien habla no es Donald Trump, ni Vance, su candidato a la vicepresidencia. Es Adolf Hitler, en una de Las conversaciones íntimas registradas durante la Segunda Guerra Mundial por su secretario, Martin Bormann. Relata sentidamente la pérdida de Fuchsl, el perrito vagabundo que el futuro Führer encontró y adoptó en las trincheras de la Gran Guerra. El animal se encariñó con él. Hitler lo amaestró para que hiciera números de circo. «Con mucha paciencia», porque el can «no entendía ni una palabra de alemán». Le daba galletas de chocolate para comer. «Se había acostumbrado a ellas con los ingleses, que estaban mejor alimentados que nosotros [los alemanes]», les explica a unos comensales. Dejó a Fuchsl atado en la trinchera antes de participar en una misión en la línea del frente y a su regreso había desaparecido. Fuchsl tuvo un triste final. Probablemente, devorado por los compañeros, siempre necesitados de suplementos proteínicos para su escasa dieta (también comían ratones o restos de caballos muertos, como narra el propio Hitler en otros pasajes).
Despiadados con los seres humanos, compasivos con los animales. Entre las primerísimas medidas aprobadas por el gobierno de Hitler, después del decreto que disponía que se expulsara inmediatamente de los territorios del Reich a los inmigrantes clandestinos (casi todos judíos, huidos de la miseria, la guerra y los pogromos del Este), figuraba una «Ley contra la crueldad hacia los animales», promulgada en abril de 1933 (Hitler había sido nombrado canciller a finales de enero). Fue una ley pionera, y la más avanzada del mundo. Prohibía la vivisección, los experimentos médicos con animales, cualquier forma de «tormento y maltrato» y toda clase de «dolor y sufrimiento innecesarios» (como se recoge en su primer artículo). En particular, proscribía el sacrificio ritual practicado por los judíos, que implica el desangramiento de la bestia. Con suma atención al detalle, artículo por artículo, página por página, prohibía la eutanasia de los animales domésticos enfermos (salvo si la llevaba a cabo un veterinario), la amputación de las orejas o el rabo de los cachorros de más de dos meses (a menos que se hiciera bajo anestesia) y la de la cola de los caballos. Prohibía las cacerías con jaurías y sobre todo la caza del zorro, una barbaridad británica. Prohibía aturdir o anestesiar a los animales antes de sacrificarlos. Incluso cocer langostas o cangrejos en agua que no estuviera en ebullición. No se trataba de una normativa improvisada: el asunto había sido discutido intensamente entre los funcionarios del Ministerio del Interior, responsables de redactar el texto. Dos de ellos incluso habían escrito un tratado científico sobre el tema.
La ley preveía penas muy duras. Cuando aún no había sido aprobada, el vicecanciller del Reich, Hermann Göring, ya amenazaba con encerrar a los infractores en campos de concentración (nótese que esto sucedía antes de que el régimen reconociera su existencia). «El pueblo alemán siempre ha mostrado un gran amor por los animales y siempre se ha preocupado por su protección», declaró. Hasta que la compasión se había perdido «bajo la influencia de concepciones de la justicia extranjeras y por una extraña interpretación de la ley, debido a que el ejercicio de la justicia se hallaba en manos de gente ajena a la nación» (es decir, en manos de judíos, los inmigrantes por antonomasia).
El doctor Mengele, absolutamente respetuoso con la ley, al igual que sus colegas médicos de Auschwitz, no practicaba la vivisección de animales. Sus horribles y sádicos experimentos, sin anestesia, los realizaba con seres que él consideraba subhumanos y muy inferiores a los animales. Volvía a casa del trabajo y abrazaba a su perro. Los perros y los gatos de los judíos habían sido exterminados incluso antes que sus dueños.
Hitler era rigurosamente vegetariano. Tuvo numerosos perros por los que sentía un enorme afecto, hasta la última, una pastor alemán llamada Blondi, a la que quiso a su lado en el búnker de Berlín, donde la envenenó amorosamente antes de suicidarse. Consideraba que los judíos eran unos inmundos «comedores de carne». Carroña que se alimentaba de carroña. En la propaganda nazi, la compasión alemana por los animales se confrontaba con el horror de la crueldad atávica y genética de los hebreos. El exterminio se anticipó mediante intensas campañas masivas. Der Stürmer, el repugnante pero ampliamente difundido periódico de Julius Streicher, Gauleiter de Núremberg, publicaba sistemáticamente artículos y viñetas que denunciaban los espantosos sacrificios rituales que practicaban los judíos. No podía faltar una escena de sombríos individuos de caricaturesca fisonomía semítica degollando a una pobre vaca inmovilizada y vertiendo su sangre con ademán satisfecho y demoníaco. En otras ilustraciones, los desalmados judíos sacrifican a inocentes chiquillos o a niñas desnudas sometidas a su voluntad. Como es natural, todas las víctimas, sean vírgenes o reses de tierna mirada, son de un blanco inmaculado, y las chicas, siempre rubias. Por contraste, sus asesinos y torturadores presentan rasgos africanos, labios gruesos y narices aguileñas, y visten colores oscuros. El mal es negro; la víctima, nórdica.
Der Stürmer dedicó un número especial a la salvaje fábula medieval según la cual los judíos secuestraban y degollaban a niños cristianos para aderezar con su sangre el pan ácimo del Pésaj. Eso resultó excesivo incluso para los nazis. Hitler ordenó prohibir la edición. No se sabe si porque era demasiado sangrienta y antisemita, o por ser demasiado pornográfica, con abundantes chicas desnudas. Hasta su prohibición, había tenido unas ventas exorbitantes: más de dos millones de ejemplares. El periódico, que había nacido en 1923, siguió publicándose hasta casi el final de la contienda. En cada remota aldea de Alemania había un mostrador especial donde se exhibía, con las morbosas ilustraciones a la vista.
La patraña de los inmigrantes clandestinos haitianos de Ohio que roban perros y gatos y se los comen, aireada por Trump, será recordada como uno de los temas clave de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2024. (Escribo esto antes de que tengan lugar, por lo que aún no sabemos si el bulo de las mascotas devoradas logrará restar o sumar votos al candidato republicano.) La famosa frase de Goebbels de que una mentira repetida una y otra vez se convierte en verdad no lo explica del todo. Lo que importa de una mentira no es su veracidad ni su verosimilitud, sino las emociones que despierta. Para fundamentar sus horrendas invenciones, Streicher creó un centro de documentación y una biblioteca muy bien surtida, que reunía las pruebas «irrefutables» de antiguas leyendas medievales y recortes de periódico, especialmente crónicas judiciales. El judío violador, el judío ladrón y embustero, el judío asesino y un largo etcétera. Allí trabajaban decenas de «especialistas», junto con supuestos profesores y periodistas. Qanon, el Foro de Madrid, el Proyecto 2025 trumpiano y «la Bestia»1 de Salvini no han inventado la pólvora.
Trump y Vance no son estúpidos. Saben muy bien lo que hacen. Escogieron a Vance como candidato a la vicepresidencia precisamente para consolidar a Trump en los pequeños pueblos del corazón de la Norteamérica profunda, como Springfield, en Ohio. Ahí es donde se concentra la base electoral republicana. Paralelamente, el cine y la literatura viven un resurgimiento de la ciencia ficción y la política ficción apocalípticas. Por ejemplo, la película Civil War, de Alex Garland, imagina unos Estados Unidos que, debido a un presidente que se resiste a abandonar la Casa Blanca, se transforma en un inmenso campo de batalla, en pura devastación y ruina, con ejecuciones sumarias y otros horrores equiparables a los de Gaza y Ucrania. Qué buena idea: ¿quién no tiene en mente lo que se ve cada día en televisión, quién no recuerda las escenas del asalto al Capitolio, quién olvida que Trump todavía no ha aceptado el último resultado electoral e insiste en que, si no gana, tampoco reconocerá el próximo? ¿Quién no se ha estremecido al pensar en lo que habría ocurrido si los atentados contra Trump hubieran logrado su objetivo?
Las analogías son un terreno resbaladizo. Pero también han sido siempre una herramienta para entender el mundo. Con este libro nunca he pretendido sugerir que vayan a repetirse los acontecimientos. Por una suerte de superstición, deseaba conjurar el peligro enumerando todo lo que recuerda al clima de la década de 1930 en Alemania y que resulta imperioso frenar. En cambio, cuando regreso a estas páginas, constato perplejo que las cosas siguen empeorando. Nos acercamos a los años treinta del siglo XXI. La crisis que amenaza a Europa, a América y al mundo entero es distinta de la de entonces. Y sin embargo, impresiona ver cómo se repiten ciertas situaciones, no idénticas, pero sí parecidas, análogas. Así como se repite la disyuntiva de salir de una crisis en una dirección y también en la dirección opuesta, el que la democracia ya no se dé por sentada ni esté garantizada para nadie. Y que uno pueda encontrarse al borde del abismo sin advertirlo siquiera.
Trump no es nazi. Tampoco lo son Santiago Abascal, ni Marine Le Pen, ni Giorgia Meloni, ni Javier Milei, ni Viktor Orbán, ni siquiera Matteo Salvini. Cuesta más afirmarlo respecto a los vencedores de las elecciones generales austríacas de septiembre de 2024, el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), cuyo primer presidente fue Anton Rainthaller, antiguo miembro de las SS. Y también resultan especialmente inquietantes los resultados electorales de Turingia en ese mismo mes: la ultra Alternativa para Alemania (AFD) fue el partido más votado, y en tercer lugar quedó la durísima Alianza Sahra Wagenkencht (BSW), un aterrador ejemplo de rojipardismo. Pero todos ellos tienen una importante deuda con su base electoral y con los «camaradas» con los que han librado tantas batallas. «Esta gente me quiere. Es mi gente. No puedo apuñalar por la espalda a la gente que me apoya.» Así explicó Donald Trump a su colega republicano Paul Ryan su apoyo a los golpistas del asalto al Congreso del 6 de enero de 2021.
Al Hitler consagrado en 1933 no lo vieron venir. Comentando el último resultado electoral en Alemania, un respetable político francés, de izquierdas y judío, escribió que Hitler era «el símbolo del cambio, de la renovación, de la revolución». Se habían celebrado las elecciones al Reichstag del 31 de julio de 1932. El Partido Nacionalsocialista había obtenido el mejor resultado que logró en unos comicios aún libres y democráticos. El centro y la izquierda sumaban más votos que él, pero se mostraban incapaces de ponerse de acuerdo. Quien expresó la anterior opinión sobre Hitler, publicada en Le Populaire el 3 de agosto de 1932, se llamaba Léon Blum. Desde luego, no era admirador de Hitler. Era el líder de los socialistas franceses. En 1936 sería nombrado primer ministro del gobierno del Frente Popular. En 1943, la república títere de Vichy lo procesaría y entregaría a los nazis, que lo encerraron con su mujer en Buchenwald.
Blum estaba convencido de que en Alemania había personajes peores y más reaccionarios que Hitler. Creía que habría resultado «aún más desoladora» una victoria de los viejos bribones de la política y de la derecha. Por ejemplo, de Von Papen, el centrista católico y excanciller, que presuntamente ideó el gobierno encabezado por Hitler con él mismo como vicecanciller, con la ilusión de tener la sartén por el mango. O el general Von Schleicher, el último canciller antes del Führer: pretendía que el Ejército interviniera contra los nazis, por lo que las SS lo asesinaron en la Noche de los Cuchillos Largos. Blum consideraba que Hitler representaba «lo nuevo», «el cambio», «la renovación», incluso la «revolución» en una Alemania anquilosada, con la República de Weimar en fibrilación. Él, un judío sometido al escarnio permanente de los antisemitas franceses, sostenía que el antisemitismo y el racismo de Hitler expresaban también los «instintos contradictorios, todas las inquietudes, las miserias y las sublevaciones de la Nueva Alemania». En definitiva, el prestigioso referente del socialismo de la década de 1930 exponía exactamente los mismos argumentos que algunos esgrimen hoy para explicar el consenso en torno a Donald Trump. Teniendo en cuenta la aprobación de la que goza entre los jóvenes, incluso en la comunidad negra y la hispana, dicho consenso derivaría de su condición de verdadero hombre nuevo, anti sistema, abanderado del dinamismo frente al estancamiento, de la arrogancia frente al establishment. No obstante, hay una diferencia con el pasado: esta vez sí que los vemos venir.
Entre los lectores de esta obra destaca uno cuya opinión me ha asombrado: el papa Francisco, que la ha citado en varias ocasiones, invitando a leerla, a pesar de que el autor no es creyente, es judío y un intelectual que durante muchos años escribió para el periódico del Partido Comunista Italiano. Espero que también le guste mi nuevo libro, que publicará en Italia Feltrinelli, sobre las guerras atroces y las paces ambiguas de la antigüedad, que se asemejan bastante a las actuales. La primera vez que habló de Síndrome 1933 fue en ocasión de la visita al Vaticano de Pedro Sánchez, en vísperas de otras elecciones presidenciales en Estados Unidos, en 2020. Trump perdió; ganó Biden. La mitad de los nueve minutos de aquella audiencia estuvo dedicada al libro. Según el papa Francisco, «quienes gobiernan deben hacer progresar el país, consolidar la nación y construir la patria, pero una patria con todos». Su misión, la misión de la política, afirmó, «es una forma muy alta de la caridad y del amor». En el mundo entero, la política se encuentra en uno de sus momentos más bajos, exactamente igual que en la República de Weimar. Pero estoy convencido de que también sigue siendo lo único que puede salvarnos.
Siegmund Ginzberg, septiembre de 2024”
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